Maternidad

El doble reto de ser madre: educar a mis hijos y reeducarme a mí

junio 19, 2018




Al ser madre tienes que cuidar y educar a la par, criar no es lo mismo que educar, algo que se ha confundido mucho a lo largo de los años. Una mujer no sabe lo que conlleva tener hijos, no hay mucha consciencia de la realidad. 

En mi caso era porque mi en mi familia (antes de dejarlos de ver del todo) no tenían hijos. Yo dejé de ver a mi poca familia (se terminó de romper del todo la familia) con siete u ocho años, y a muchos ni los conocí. Era yo la única pequeña en la familia por lo que no podía ver qué implicaba el cuidado de un hijo. Cuando mi hermana tuvo a su hijo, yo estaba en plena etapa adolescente, y aunque no lo sabía, tenía ansiedad. Eso me hacía ser mucho más nerviosa, más pasota e impaciente. 

No basta con cuidar, y educar es complejo

 No tenía mucha idea de lo que implicaba ser madre porque para la mucha gente, es solamente cuidar, dar de comer, vestir, regalar juguetes, pasar ratos juntos y ya está. ¡Y ojalá fuese sólo eso! Esa parte desesperante de tener que enseñar, corregir, modificar malos hábitos y comportamientos, saber reaccionar ante ciertas circunstancias,  ¡y dar ejemplo! de eso nadie habla. 

 Los niños son buenos por naturaleza pero no vienen con el software instalado para saber cómo tienen que ser. Hay que guiar, enseñar y modificar. Y el problemón es que no es suficiente con esto sino que por culpa de la manera en la que se nos educó y el mal ejemplo que tuvimos, lo absorbemos de pequeños, y se refleja en nosotros de adultos, una vez somos madres. Así que hay que corregirse una misma primero para poder actuar correctamente, y ser un ejemplo para no caer en la contradicción de "haz lo que digo, y no lo que hago".

Cuando no tuviste un buen ejemplo en casa, tienes que basarte en la teoría y no en tus vivencias

Es agradable y satisfactorio poder educar y relacionarse con los hijos respetuosamente pero cuando no has sido criado de esa manera cuesta deshacerse de las malas maneras. A mí mis padres pocas veces me han pegado, lo de ellos era más gritarme, insultarme, y humillarme. Aunque como siempre digo las palabras hirientes no se ven en forma de marcas como los golpes pero dejan heridas en el alma. 

Me he pasado gran parte de mi infancia y de mi adolescencia peleándome día sí y día también con mis padres. Nunca me sometí ni acepté la agresividad y la maldad que empleaba mi padre para hacerse obedecer. Nunca acepté que se me negase expresar mi llanto, y que estar inconforme o enfadada fuese motivo de recriminación y de castigo.

La relación con mis padres fue tan dura siempre, que hay momentos que he sentido que no les quería. Hubo mucha frialdad, me costaba mostrar sentimientos cariñosos, y nunca dije que les quería. Sólo destacaban lo malo, me sacrificaban por mis errores, me discriminaban por todo, y dañaron mucho mi autoestima y mi paz mental.

Padres que no supieron ser padres y criaron a hijos angustiados

Tuve padres que creían que discriminándome y juzgándome por todo conseguirían criarme bien. Nunca se me dejaba hablar, no podía contestar si mi respuesta contradecía, tenía que limitarme a obedecer, no se tenía en cuenta mis necesidades ni mis opiniones. Cuando fuiste un crío ignorado, maltratado hasta cierto punto psicológicamente, porque yo me he sentido siempre así, es difícil saber educar de manera diferente. 

 Yo odio, odié y odiaré siempre la manera injusta y violenta en la que me educaron. Pero sorprendentemente las personas repiten sus vivencias en sus hijos, en lo bueno y en lo malo. Y es ahí cuando ves que tienes al monstruo de tu infancia, que se escondió en tu interior, que no lo quieres ni ver y echarle de ahí cuesta trabajo. 

 Reeducarme como madre es un esfuerzo que llevo haciendo hace casi ocho años, desde que fui madre por primera vez. Reniego de la manera en la que me educaron, y me hace feliz poder ser mejor con mis hijos, poder ser con ellos como me hubiese gustado que mis padres fuesen conmigo. 

Reeducando por partida doble

 Me veo retada por partida doble: teniéndome que transformar, empezando de cero con una manera de pensar, de ser y de actuar completamente distinta de lo que siempre vi. Y luego aplicar mi teoría y mi tipo de crianza ideal para que tenga sus frutos.

 Y ahí no se termina todo; también tuve que reeducar a otro adulto más, a mi marido. A él tampoco lo educaron con respeto y dignidad, más bien, su infancia fue peor que la mía, por los padres que tuvo y por la época, que él es más mayor. Aunque vayamos repletos de errores y de ignorancia, cuanto más pasa el tiempo, más se cambia se cambia porque el mundo avanza y obliga a todos a ir avanzando quieran o no.

Mis padres conmigo fueron mejores que con mi hermana, y luego fueron mejores con mi sobrino que conmigo. Mi sobrino nació en el 2001 y claro, la mentalidad de mis padres iba cambiando al compás de la sociedad. 

 Tener que cargar con el esfuerzo de tener que educar a toda la casa entera y más a un adulto que puede tratar de refutarme y de negarse a hacerme caso es un arduo trabajo. Los adultos solemos creernos muy sabios y no nos gusta que nos hagan ver los errores ni que nos digan lo que tenemos que hacer. Corregir a un adulto es más difícil que a un niño, puede sentirse ofendido, puede enfadarse, puede tomárselo como un ataque, puede creer que es una burla o que se le está desvalorando. 

 Después de años y años de charlas largas, mi marido ha cambiado mucho. No tiene nada que ver como en nuestros principios de padres primerizos. Hacer reflexionar, enseñar a cuestionar, animar a buscar alternativas respetuosas, aprender y enseñar lo aprendido, y regalar libros de disciplina positiva es la manera de encaminar al cónyuge por buen sendero para que también haga el cambio interno necesario. 

La bondad sana a las personas

 Nos equivocaremos, lloraremos, nos disculparemos, seguiremos aprendiendo, pero el querer ser mejor y ver que podemos conseguirlo y observar que estamos aplicando hasta de manera inconsciente la crianza respetuosa, es muy gratificante.

Lo que más me emocionó, es que para poder reeducarme, pude hacerlo junto a mi marido, y para cortar de raíz con el pasado, antes tuvimos que sanar nuestras heridas de la infancia y de la adolescencia, esos traumas o angustias que se quedaron en medio de la nada, que ignorábamos para dejar de sufrir pero que ahí seguían haciendo que nuestro malestar interno siguiera sin saber por qué. Nos liberemos de esas sombras oscuras, pasando página y haciendo renacer en nosotros personas nuevas que eligen ser diferentes para ser mejores consigo mismos y con los demás.

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2 comentarios:

  1. Jo siento que ambos tuvierais infancias difíciles,imagino que eso siempre marca pero lo importante es que lo hacéis genial con vuestros hijos.
    Besos.

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  2. Hola Anabel, siento que tu infancia no fuese feliz.
    Los padres tenemos una responsabilidad muy grande que nadie te enseña, tenemos en nuestras manos los primeros y más importantes y cruciales años de unas personitas que van a ser unos adultos el día de mañana con unas características condicionadas por nuestro trato esos primeros años.
    Es una gran responsabilidad para la que nadie está preparado. Se aprende por el camino y si ese camino se basa en el respeto y el cariño los errores no dejan secuelas.
    No siempre es así y te entiendo.
    Un abrazo :)

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